contagiada de una enfermedad con síntomas de FUEGO

Como cada tarde el viento mece las palmeras de mi ciudad, agitando sus palmas al son de un mismo himno, casi pareciendo que bailan; hoy el viento ha cesado y las palmeras se han rendido a los pies de las faldas del castillo, a lo alto del mismo, él, nuestra cara del moro, como si de un festero más se tratara contemplando las máximas fiestas de la ciudad. Al estar allí, en lo más alto, es inevitable no mirar aquel precioso manto azul que cubre nuestras playas, ese mar mediterráneo que entrelazando sus dedos con el cielo admira al sol en su mayor resplendor los días de fogueres. Con la serenidad que el mar me ha dado, observo tranquila cada rincón que entre muros y piedras puedo ver de mi Alicante y con mayor detenimiento miro fijamente aquel mosaico ondulado de colores rojo, negro y blanco y sin dudarlo dos veces me remonto de nuevo a mis significativas palmeras. Enamorada de la belleza de esta tierra alicantina, incapaz de aguantar mis ansias de recorrer la ciudad paso a paso, bajo deprisa por el barrio de santa cruz colgado del Benacantil hasta llegar al ayuntamiento, ya allí, me limito a abrir y cerrar los ojos unas cuantas veces, y en una de esas dejo volar mi imaginación, y como no podía ser de otra forma recuerdo esta plaza como el centro en los días de fogueres, me imagino a un lado un precioso monumento y a su alrededor un montón de foguerers y barraquers pero sobre todo, amigos de la fiesta, gente de todas partes que viene a acompañar a alicante en sus días de fiesta de singular encant. No ceso de imaginar, y con una sonrisa miro hacia arriba, y veo el balcón de nuestro ayuntamiento y aun sin abrir los ojos me imagino allí arriba a un amante de les fogueres, al igual que yo, que alzando su voz el día más esperado, le grita al mundo entero, que las hogueras van a dar comienzo. Al abrir los ojos la magia de les fogueres ya está en mí, me veo inversa en el escenario de un cuento, y ahora sí, recorro cada distrito fogueril, y me quedo embaucada del olor a tonyina y pólvora que desprende cada calle, también de sus comisionados y monumentos.
Si estoy enamorada de esta tierra aun más si cabe lo estoy de los alicantinos, cada uno a su manera seguidores de esta fiesta, que en los días grandes con sus mejores sonrisas salen a sus racós contagiándolas del más pequeño al más mayor, sin importar la forma en que se vive esta fiesta o si la prioridad es tirar petardos o salir, estando involucrado o no, cada alicantino forma parte de ésta, así es la unión por les fogueres, así, es la unión del fuego.
Procurando disfrutar al máximo de cada paso, con el miedo de que el tiempo pase demasiado rápido, me voy deteniendo en cada monumento que me encuentro a mi paso, y lo rodeo observando hasta el más pequeño detalle.
Para no perder ni un minuto dejo de lado el cansancio, y cada mañana como un buen foguerer, bien temprano cojo toda mi calle recta para llegar a la preciosa plaza de los luceros y allí escuchar esas ensordecedoras pero satisfactorias mascletás. También allí, en la plaza de los luceros, pero un poco más tarde y ataviada con mi traje del siglo XVIII y la mantilla, emprendemos la ofrena a la Verge del Remei, pasando por el emblemático distrito de Alfonso el Sabio, la Rambla.. llegando por fin a la concatedral de san Nicolás, vistiendo a nuestra virgen con nuestros ramos.
A la mañana siguiente, después de dedicarla a visitar los noventa y uno monumentos adulto e infantil, incluída la oficial, llego quizás al más importante para mí, no hablo de la hoguera más grande, ni de la más cara, tampoco de la que más figuras tiene, ni de la más comentada. Hablo de “mi” hoguera, de mi barrio, de mi gente, hablo de los vecinos y comerciantes, de los barraquers, de los niños, de los amigos, hablo del resultado del esfuerzo de todo un año hecho arte, hablo de ilusión y sonrisas, hablo de lágrimas y continua dedicación, hablo de personas que lo dejan todo por sacar adelante a una comisión. Y aquí es donde empieza y acaba mi camino, de aquí es de donde procedo y a donde siempre regreso, aquí es donde paso noches enteras esperando a que amanezca, aquí es donde me río como en ningún sitio, este es mi sitio, esta es mi comisión, de aquí pertenezco y ver en mi foguerer las luces alumbrar con tanta fuerza, es mi mayor ilusión, y ver plantar el monumento en mi repla, mi mayor recompensa.
Oigo, veo, leo, o escucho el nombre de Sagrada-Familia y me siento extremamente orgullosa de pertenecer a ella, y cada año, cada veinticuatro de junio cuando veo arder cada una de sus figuras, cuando veo como el fuego consume la madera y va quitándole el color a nuestro monumento dejando solo cenizas, siento la enorme satisfacción de que un año más, mi sueño se cumple, a la vez que el fuego acaba con él, convirtiéndolo en nuevas esperanzas y expectativas.
Como he dicho antes mi recorrido acaba aquí, y con ello las hogueras, esos días repletos de magia y color, días de fuego, días de ilusión que ojalá no acabaran nunca. 
Ahora, se han acabado.

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